Cuando me dejaron claro que no era tan bonita como el resto
de mis compañeras fue el momento en que decidí cambiar de rubro. No me iba a
preocupar más por esas banalidades, me iba a ir bien en el colegio y nadie
debería burlarse de mi por ello. Pero ni eso logré. Cuando pasé séptimo básico
con un 5,4 supe que tampoco iba a poder ser la inteligente.
Al pasar los años, ya sabiendo que no era buena siendo linda
ni inteligente, decidí cambiar nuevamente el rubro, decidí escribir. Descubrí
que no solo era algo que se me daba con facilidad, si no que por fin tenía un motivo
en la vida aparte de recordarme a mi misma, desde que era chica, que no era
buena en absolutamente nada. Porque escribir parecía algo que si podía hacer.
Era la rueda que no me daba en gimnasia artística, era el rollo que nunca pude
bajar, era esa nota en matemáticas que nunca pude pegar en el refrigerador, era
ese desplante que se me quitó con los años, era esa personalidad que perdí a mis
inocentes ocho años, frente a una sala de clases con niños gritándome que era
fea, gorda y tonta.
Entonces decidí escribir, escribir todo y para todos, y me
di cuenta que tenía al menos la facultad de amar con pasión a las personas, como
quizás nunca me hubiesen amado a mi. Decidí amar, escribir y anhelé ser amada
con mis defectos, pero nada de eso tapó el hueco del fracaso, del eterno
fracaso que siempre sentí ante el resto que evidentemente era más deportista
que yo, más inteligente que yo, más interesante que yo, más escribidor que yo.
Con esfuerzo sobrehumano intenté pasar por alto esos sentimientos
y decidí dedicarme a escribir, así como decidí no mirar atrás y concentrarme en el presente.
Pero hoy, que hago lo que me gusta, con esfuerzo, dedicación y amor y me doy
cuenta que a pesar de todo el esfuerzo sigo siendo la peor, ya no se que creer.
A ellos les sobra personalidad, les sobra carisma, les sobra el amor, y
escriben. A mi que me falta todo eso, escribo y escribo mal.
Estoy destinada al fracaso pero no quiero jamás admitirlo extremadamente convencida, porque eso trae mala
suerte, dicen.
Decidí entonces que quizás no estoy apta para la tierra. Y
nadie es apto para mí. Ni este blog de mala muerte que ni siquiera tuve el
valor de revivir.
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